Coincidiendo con su reestreno en cines, adaptación a 3D y lanzamiento en Blu-ray os ofrecemos la retrocrÃtica de El Rey león, un auténtico clásico que ha marcado a toda una generación y que engrandece con su sola existencia la definición del séptimo arte.
Hablar de una pelÃcula como El Rey león no es sencillo; y no lo es porque estamos nada menos que ante un auténtico fenómeno social que data de 1994 y que supuso un auténtico espaldarazo para Walt Disney, que por aquel entonces se encontraba en una segunda juventud gracias a los grandes éxitos encadenados de La sirenita, La bella y la bestia y Aladdin en los años previos. Pero nadie podÃa imaginar, bajo ningún concepto, que la pelÃcula protagonizada por el joven Simba (Matthew Broderick en su versión original) y su particular calvario para reclamar el trono de las tierras del reino ante la traición de su malvado tÃo Scar (Jeremy Irons) se convertirÃa en semejante éxito de masas entre niños y mayores, que se tradujo en unos escandalosos beneficios económicos (la producción orifinal fue solo de 45 millones de dólares) que hoy en dÃa sigue pasando por caja gracias a la prolongación en el tiempo del musical de nombre homónimo y las constantes revisiones que se han hecho del film (esta en el socorrido 3D es otra más).
Pero, ¿es El Rey león merecedora de semejante éxito?. Sà y sÃ, por infinidad de razones. Para empezar, la prodigiosidad técnica de la que hizo gala en su época (no olvidemos que ya han transcurrido algo más de diecisiete años desde su estreno) es francamente abrumadora, e incluso hoy en dÃa la famosa estampida de antÃlopes sigue siendo un auténtico festÃn para los ojos. El colorido y el trazo de unos dibujos sólidos e intensos combinados con unos paisajes de ensueño y una fluidez exquisita en el que convergen la animación tradicional y los (limitados) efectos por ordenador de aquella época se unen para beneficio mutuo.
A esto le sigue una de las mejores bandas sonoras de todos los tiempos tanto en lo instrumental como en lo vocal, para lo cual se hizo un tándem muy peculiar entre Hans Zimmer, Elton John y Tim Rice, que juntaron sus más que obvios talentos para dar vida a una música de esas que hacen que el cuerpo se estremezca por su profundidad, belleza, ternura y gloria, a la que los coros africanos comandados por el gran Lebo M aportan el resto (¿hay alguien, en serio, que no se le ponga la carne de gallina durante los primeros compases de El ciclo de la vida, una de las mejores aperturas que cualquier film soñarÃa tener?).
Pero ni la prodigiosidad visual ni la sonora podrÃan realmente redondear un conjunto si no viniera acompañado de dos elementos más de los que, afortunadamente, El Rey león no anda precisamente escaso: virtuosismo narrativo y un argumento sólido y atractivo. En el primero de estos aspectos, los directores Roger Allers y Rob Minkoff no se andan por las ramas y regalan al espectador una pelÃcula magnÃficamente segmentada en varios actos, con la duración medida al milÃmetro en todas y cada una de sus partes, y un tempo que permite al espectador adulto y niño por igual comprender la importancia de sus acontecimientos. El metraje total no llega a la hora y media de duración, pero ojalá todas las pelÃculas tuvieran tanta intensidad como uno solo de los minutos de este film.
El argumento del film, para ser honestos, no es más que un pastiche de influencias bastante fuertes de las pelÃculas anteriores de la factorÃa combinadas con el Hamlet de William Shakespeare o incluso de la biblia (no olvidemos que Jeffrey Katzenberg, uno de los responsables de la pelÃcula, poco después abandonó Disney para fundar Dreamworks y filmar en primer lugar la fallida e incomprendida El prÃncipe de Egipto, pelÃcula en la cual podemos encontrar muchos elementos también presentes en El Rey león), pero precisamente está en el fortÃsimo componente dramático de la pelÃcula y la desnuda forma de expresarlo que tiene donde reside uno de los puntos fuertes de la cinta, junto a la interesante forma de abordar unos dilemas filosóficos tan antiguos como el hombre (la lección del bastón que da Rafiki a Simba es un perfecto ejemplo).
No nos engañemos de todos modos: esto es una pelÃcula clásica Disney y los dramas siempre quedan en cierto modo maquillados de buenrollismo sea en forma de compañeros graciosetes (Timon y Pumba) o de unos malvados bastante patéticos (las hienas), pero son millares las personas que han sufrido y llorado la trágica muerte de Mufasa y acompañado a Simba en su exilio esperando la expiación de su falsa culpabilidad. Y tanta empatÃa, señoras y señores, es pura magia.
Es toda una lástima que su oportunista conversión al 3D no sea tan buena como cabÃa esperar de una compañÃa como Disney, que cuida sus productos con un mimo envidiable. Si bien es cierto que el empeño puesto y la calidad de este es absolutamente delirante en escenas clave como El ciclo de la vida (atención al plano en que Zazú se acerca a la roca donde se encuentra Mufasa, y al plano de las hormigas y los antÃlopes) o la estampida del desfiladero, el resto del film tiene una tridimensionalidad más bien cuestionable y, en algunos casos de primeros planos de los hocicos de los leones, bastante mediocre.
El Rey león es, en definitiva, una de esas muy especiales y únicas ocasiones en el que el cine como concepto básico es grande, muy grande, y sirve como perfecto ejemplo para definirlo como lo que es: un noble e inmortal arte capaz de elevarnos y librarnos de lo mundano. Una auténtica maravilla atemporal que como el mejor de los vinos mejora más y más con los años y que es de visionado obligatorio para cualquier persona que se considere cinéfilo. ¡Hakuna Matata!.
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