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Sin perdón (Retrocrítica)

Jacobo Martínez

Lun, 10 Noviembre 2008

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¿Qué se puede decir de “Sin perdón” que no se haya dicho ya? Nada, tal vez. Calificada de obra maestra, recibió en su día (1992) cuatro premios Oscar (a la mejor película, al mejor director, al mejor actor secundario y al mejor montaje) y en ella el público, la crítica y la industria reconocieron unánimemente el genio cinematográfico de Clint Eastwood, consagrándole como un clásico viviente del cine americano.

Pero, como todas las obras maestras, su mensaje es casi inagotable y nos ofrece un semillero permanente de ideas y mensajes cada vez que la vemos. A continuación rescatamos la crítica que hizo J.F. Sebastian para la antigua web de mundodvd (ahora convertida en foro).

En esta película ocurren y se dicen tantas cosas que resulta difícil limitarse a una mera revisión para hablar de ella y no comentar las permanentes sugerencias que nos hace el director mientras transcurre la acción… En Sin perdón está todo el cine del Oeste, compendiado para el espectador de los noventa. No falta nada pero se ha prescindido de todo lo accesorio, lo falso y manido del cine de vaqueros, de buenos y malos: la ley y el orden se defienden bajo la autoridad indiscutida de un sheriff brutal, ex pistolero a su vez, que no vacila en golpear o disparar primero, rodeado de ayudantes, para garantizar su supervivencia y por ende la del pueblo que le paga.

Sin perdón

Las prostitutas no son aquí las jóvenes gorditas y tontas del típico saloon con piano. Saben qué hacen allí y cual es su estatus; se saben mercancía pero no consienten ni un ápice más allá de lo que su dignidad está dispuesta a tolerar. Piden un castigo ejemplar, la muerte del agresor y de su amigo, y cuando no reciben la reparación exigida buscan otros medios para obtenerla. Son objeto de compraventa, propiedad del dueño del bar, pero no permiten que se las compare a mercancía averiada que se compensa con un trato económico: buscan venganza.

Sin perdón

Todos los personajes de Sin perdón tienen una nitidez perfecta y a la vez ninguno excede de su papel. El dueño del saloon, los ayudantes del sheriff, los parroquianos del bar, … cada cual se queda en su justo lugar, en un juego coral donde nada sobra y nada falta. La reconstrucción de las calles, los carteles, las casas, los escenarios naturales, todo tiene una belleza tal que, fotograma a fotograma, haría un perfecto papel en cualquier exposición fotográfica de ambiente histórico del pasado americano. La cuadra de profesionales de que se rodea Clint Eastwood en sus últimas películas hace honor a su talento como director.

Pero han pasado los años épicos de los pueblos de frontera donde la violencia y el desprecio por la vida humana eran la norma y la ley y el orden los grandes ausentes. El Duque, pistolero buscavidas de origen inglés que se permite opiniones despreciativas sobre el orden republicano de los Estados Unidos, comparándolo con la grandeza de la monarquía británica, alardea de su habilidad con las armas de fuego ante los viajeros, mientras viaja en tren acompañado de su biógrafo, cronista de sus hazañas reales o supuestas. Si llegar a Big Whiskey montado en tren y no a caballo ya es toda una muestra del cambio que se ha producido en las tierras del Oeste, la presencia del cronista nos dice a las claras que el tiempo de los forajidos se está convirtiendo en materia narrativa. Los grandes bandidos, famosos por sus crímenes, han muerto o están a las puertas de la jubilación… y son ahora carne de “best seller” en la costa Este de los Estados Unidos. Toda la grandeza del Duque, sus alardes, su empaque, su capacidad mortífera, se vendrán abajo frente a la eficacia del nuevo orden en Big Whiskey.

Sin perdón

El magistral montaje de Sin perdón va mostrando el itinerario de Clint, su historia, mientras se acerca a lo inevitable del guión. Su miseria de granjero, su devoción hacia la esposa muerta y enterrada en el rancho, la tentación del dinero fácil y necesario, el declinar de los años mozos…Ya ni su caballo, convertido ahora en animal de tiro, está acostumbrado a la silla y ambos, caballo y jinete, nos hacen sufrir por si logrará o nó nuestro héroe hacerse con la cabalgadura y galopar con algo de dignidad. El film, que no decae ni un momento, sigue en un crescendo ininterrumpido que renuncio a contar aquí. Quienes ya la han visto alguna vez saben qué va a ocurrir. Quienes se la perdieron o desecharon verla por creerla una más del Oeste tienen ahora la ocasión de recrearse en su propia casa con esta obra que a nadie dejará insatisfecho.

Eastwood dedicó este film a sus dos maestros: Don Siegel y Sergio Leone. En la dedicatoria iba el mensaje. Un cine directo, eficiente, rico en acción, oportuno, del que se sentía heredero, superándolo y poniendo el colofón a la saga que comenzó en John Ford. Dicen que era una película crepuscular, después de la cual ya no podrán hacerse más películas del Oeste. Yo hablaría más bien de película completa, acabada, perfecta. Simplemente, batió el record y hará falta mucho entrenamiento para llegar más lejos. Con ella Clint Eastwood escribió la página correspondiente de esa crónica realista de los Estados Unidos que con tanta lucidez viene escribiendo como director desde hace años, en lo que en el futuro se verá como una larga y única obra de uno de los más geniales narradores del Siglo del cine. Como dice su personaje, sentado y con un paisaje de montañas nevadas y cielo azul al fondo, “nunca me había parado a ver lo bonitas que eran estas tierras hasta ahora”… (bueno, viene a decir eso más o menos, que no tengo ahora la película a mano).

Sin perdón

Volver a ver Sin perdón, aunque hayan pasado 17 años desde su estreno, es como releer una buena novela al cabo del tiempo. Encontramos en ella todo lo que nos enseñó y lo que hemos aprendido mientras: la cuenta siempre sale distinta y mejor.

Nota: Análisis originalmente publicado el año 1.999 en la primera versión de mundodvd.com

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