El pasado 21 de mayo se estrenó en salas españolas -una semana antes que en Estados Unidos- Prince of Persia: Las arenas del tiempo, una producción de Jerry Bruckheimer (Piratas del Caribe) que adapta la mÃtica franquicia de videojuegos creada en 1987 por Jordan Mechner.
Las adaptaciones cinematográficas de videojuegos. Un mundo tan polémico como fascinante. Hasta ahora y que personalmente recuerde, la industria del cine no ha podido alcanzar resultados medianamente decentes en este ámbito. Algún que otro intento más o menos digno como Silent Hill o Final Fantasy VII: Advent Children, pero siempre se suele fallar en el último momento. O la falta de riesgo es alarmante y una gran ambientación queda eclipsada por un paupérrimo guión, o bien se excede con el fanservice más recalcitrante. Es tan complicado encontrar un termino medio, que uno alcanza un punto en que se pregunta si el problema no está precisamente en el mundo del videojuego, y que de donde no hay no se puede sacar.
En casos como Street Fighter -de cuya única premisa, basada en los mamporros entre personajes de lo más variopintos, no puede salir nada serio- es tan evidente como comprensible, pero de productos como Final Fantasy, de los cuales sà que se puede exprimir cierto jugo en el mundo del cine, es poco menos que alarmante.
Una de las sagas de videojuegos que tenÃan una oportunidad magnÃfica para lucirse en los cines era precisamente Prince of Persia. Todo juega a su favor: Ser apadrinada por Jerry Bruckheimer y Walt Disney Pictures, hacedores de una de las franquicias cinematográficas más exitosas de la década pasada (Piratas del Caribe); tener un director competente como Mike Newell (Harry Potter y el Cáliz de Fuego) detrás de las cámaras y un reparto muy interesante (y avalado por los premios) delante, además de estar ideada por el mismÃsimo creador del videojuego: Jordan Mechner.
Sin embargo, la maldición sigue su curso.
Prince of Persia: Las arenas del tiempo les ha costado a Bruckheimer y a Disney unos 200 millones de dólares aproximadamente, y aún y asà nadie ha sabido reflejar en pantalla semejante desembolso de dinero. La pelÃcula luce técnicamente mediocre, con planos tan horrorosos por su mal uso del croma y los efectos digitales, como por su nula composición y encuadre. Todo muy deprisa y corriendo, con un Mike Newell desorientado y desaparecido en combate, al igual que su desafortunado montaje, recurrente en exceso de terribles ralentÃes que echan al traste secuencias de acción y demás coreografÃas que prometÃan, al menos, aportar cierto atractivo visual al film.
Narrativamente tampoco funciona en ningún momento. Más allá de tener que aguantar el ver a actores caucásicos hiper maquillados interpretar a gentÃo del Oriente Medio, la historia carece de garra y emoción, y no precisamente por el terrible montaje que tiene la pelÃcula. Es tan previsible como tópica, y por consiguiente dolorosamente aburrida.
Si al menos los personajes tuvieran cierta empatÃa y carisma, algo bueno podrÃamos sacar de semejante estropicio. Pero ni por esas los responsables de Prince of Persia: Las arenas del tiempo (cuyo libreto está repleto de los diálogos más sonrojantes que he tenido la desgracia de oÃr en una platea en lo que llevamos de 2010) consiguen sorprender.
Al final tan solo queda otra oportunidad tirada a la basura. SentenciarÃa la frase culpando al dinero fácil y rápido, pero mientras escribo estas lÃneas Prince of Persia: Las arenas del tiempo va tercera en su semana de estreno en Estados Unidos, y apenas acumula en todo el mundo unos paupérrimos 58 millones de dólares. De 200 millones que costó.
Si es que para que luego digan que la justicia no existe.
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