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Porco Rosso, de Hayao Miyazaki

Daniel Oliver

Dom, 22 Agosto 2010

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Volviendo la vista atrás y parándonos en 1992, recordamos cómo Hayao Miyazaki nos regaló la película más romántica de su carrera a la par que preciosista historia que evocaba la nostalgia y el paso del tiempo teniendo como trasfondo el idílico Mar Adriático de la Italia posterior a la primera guerra mundial.

Porco Rosso

Resulta sorprendente cómo Hayao Miyazaki se renueva en cada una de sus películas conforme avanza su ya alargada carrera cinematográfica. En esta ocasión, y tras haber tenido una serie de largometrajes que fueron suavizando su tono desde el drama épico y trascendental (Nausicaä del valle del viento, Laputa: El castillo en el cielo) hasta las fábulas infantiles con moraleja y repletas de personalidad (Mi vecino Totoro, Nicky la aprendiz de bruja), posiblemente nos encontremos con la película que más marca un absoluto paréntesis respecto al resto de su filmografía y que es indudablemente su proyecto más personal, al presentarnos una genuina, profunda y emocionante historia de amor bañada en una inmensa catarsis de nostalgia impregnada en cada fotograma, en la grandísima delicadeza y humanidad con la que se desarrolla, y en cada una de las notas musicales de un Joe Hisaishi que una vez nos vuelve a dejar deslumbrados con su buen hacer como compositor.

Porco Rosso

La épica de Porco Rosso habla de muchas cosas, casi todas ellas pasiones reconocidas de Miyazaki (los aviones, el mar, el aire), pero es ante todo una poesía en movimiento ubicada en la Italia de principios del siglo XX, entre la primera y la segunda guerra mundial, a lo largo de las inigualables costas del Mar Adriático. El salto de calidad técnica respecto a sus anteriores trabajos es francamente notable, ya acercándose a lo que sería el súmmum de su carrera en años posteriores con La princesa Mononoke y El viaje de Chihiro. Las nubes del cielo, los paisajes desde el aire, los atardeceres, la imagen del Hotel Adriano en medio del agua… son postales llenas de sentimientos que destilan el elemento principal de la historia: el paso del tiempo, los recuerdos de lo perdido, el peso de la vida y, sobre todo, el amor y la nostalgia.

Porco Rosso

Si bien el tono del film se mueve entre la comedia simpaticona que en ningún momento llega a irritar e incluso gusta por lo comedida que resulta (encontrando aquí a los miembros del grupo de ladrones de Mamma Aiuto y su bobalicón enamoramiento hacia la adorable Fio) y el amor más poético, dramático y épico imaginable (mención especial a la reveladora y maravillosa escena de los recuerdos de la infancia de Gina junto a Marco), es precisamente en esa mezcla de afabilidad y emoción equilibrada junto con el tono de aventura clásica lo que hace de Porco Rosso una película tan especial. Realmente, tenemos delante de nuestros ojos una hermosa flor que se va desplegando poco a poco y revelándonos la verdadera dimensión del amor entre Marco y Gina, que como suele ocurrir con las mejores historias de amor, es un amor imposible.

Porco Rosso

A estos elementos hay que agregar toda una declaración de principios e himno de celebración de la vida personificado en el ahínco y el ímpetu de juventud del adorable personaje de Fio (enamoradiza, impulsiva, inocente, llena de energía y pasión), y que contrasta con el peso que ya cargan en sus espaldas la pareja de enamorados que son Porco y Gina a causa del paso de los años y el devenir de la vida. Como suele ser habitual, es en las mujeres donde recae todo el peso dramático, ya sea por las numerosas viudedades de Gina o las mujeres del pueblo que esperan a sus maridos mientras ellas mismas reparan el avión de Porco, en todo un homenaje cargado de admiración a la fuerza y coraje de las mujeres de antaño por parte de Miyazaki, todo un feminista. Tampoco se puede pasar por alto el guiño a las películas norteamericanas clásicas de esos años (de hecho, Porco Rosso tiene un más que evidente aire a Casablanca) que se manifiesta en el piloto norteamericano Donald Curtis.

Porco Rosso

En definitiva, se podría decir que Porco Rosso es sin duda la película más diferente y romántica (o quizá diferente por ser romántica) del director nipón, que se aleja de todo lo que hiciera antes y después, pero que eleva todavía aún más a categoría de leyenda a Hayao Miyazaki, a punto de alcanzar su pleno potencial como se demostraría en los años posteriores a la producción de la película que nos ocupa.

Porco Rosso es una auténtica delicia absolutamente original (¿un cerdo pilotando un hidroavión en una película de aventuras romántica?) impregnada de emociones tremendamente humanas, magnífica y original en su planteamiento y aún más en su desarrollo, en una de esas películas que, como el mejor de los vinos, mejora cuantas más veces se ve. De belleza desbordante y solamente ensombrecida (levemente) por un extraño equilibrio entre la comedia infantil y el drama amoroso y pasional que desconcierta un poco, es de visionado imprescindible para todo amante del buen cine de animación y el cine en general. Cuidado, que se os podría escapar alguna lágrima.

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