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Man on Wire: caminando por el cielo

Jacobo Martínez

Jue, 16 Abril 2009

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Man on Wire es la cinta dirigida por James Marsh que ha ganado el Oscar 2009 en la categoría de película documental (“documental largo”, dicen también). No ha sido este su único galardón: antes mereció el Gran Premio del jurado y el Premio del público al mejor documental en el Festival de Sundance (2008), además del Premio del público en el Festival Internacional de Edimburgo (2008) y el Premio del público en el Festival de Cine de Los Ángeles (2008). En febrero pasado ganó también el BAFTA a la mejor película británica del año y el Independent Spirit Awards. A la lista de galardones debe añadirse que ha concitado un 100% de consenso favorable en la famosa web de cine Rotten Tomatoes y más de un 8 sobre 10 en IMDb.

Crítica Man on Wire

Con tanta hoja de laurel adornando la cabeza de Marsh, uno se pregunta por qué ha pasado tan desapercibido el inminente estreno de esta película en salas de nuestro país. Así pues, ofrecemos esta review a aquellos que quieran saber si valdrá la pena arriesgarse por un producto diferente este viernes, en lugar de ir a ver “lo de siempre”.

Citaba en la entradilla los reconocimientos que ha recibido Man on Wire no porque debamos conceder mayor importancia de la que tiene a la mitología del éxito y de los premios, a veces mero indicador del momento de la industria y la crítica cinematográfica, sino para poner en sus justas coordenadas un film cuya sinopsis podría mover a más de uno al equívoco: este documental basado en el libro Man on Wire, escrito por el propio Philippe Petit, su protagonista, trata del alarde de funambulismo que el autor protagonizó en 1974, al pasear con pértiga durante unos tres cuartos de hora sobre un cable de 60 metros tendido entre las Torres gemelas del World Trade Center de Nueva York, a más de 400 metros de altura. Esto, dicho así, podría parecer antes cosa de canal temático televisivo que de cinta merecedora de pantalla grande y aplausos.

La historia parece cosa de circo pero en realidad fue bastante más que un espectáculo circense, como el documental demuestra sobradamente. El público lo ha aclamado un festival tras otro y es porque este film tiene algo que escapa a cualquier idea preconcebida. Hacer la sinopsis de la cinta contando prácticamente el final (“el protagonista alcanza el éxito”) parecería abonar que nos encontramos ante un documental bien hecho y basta, algo para los aficionados al género. Sin embargo, al contemplar cada fotograma de este montaje soberbio, cumbre de habilidad narrativa, en el que se mezclan imágenes de época, fotografías, películas dentro de la película, declaraciones de los protagonistas reales e incluso ficción, comprobamos que estamos ante un producto distinto, una realización cinematográfica híbrida y un ejemplo perfecto del suspense más puro. Comprueben, cuando la vean, cómo resulta imposible evitar que su corazón se acelere y les suden las manos como si estuvieran viendo al mejor Hitchcock.

La película Man on Wire es un largo crescendo que va preparando al espectador para esa culminación que no por esperada resulta menos temida, por lo arriesgado de la hazaña. Desde la infancia de Petit, nacido en 1949 en una familia francesa de clase media, ágilmente, se suceden los detalles biográficos que muestran una carrera de atracción hacia el vacío de las alturas, el afán de exhibición donde únicamente la fortaleza, la habilidad y una concentración por encima de los límites consigue el éxito de caminar sobre un alambre y algo más que caminar: tenderse, sentarse, saltar, reír y danzar ante los espectadores mientras el cable pende entre las torres de la iglesia de Notre Dame de París, o cruza el puente de la bahía de Sidney.

Las imágenes originales de la época, combinadas con una habilísima dramatización y con entrevistas a los protagonistas 30 años después, logran contar una hazaña del funambulismo que requirió años de preparación y minuciosos estudios sobre el terreno: observar los sistemas de seguridad de las torres (recién construidas entonces) y conseguir entrar en ellas para subir y ocultar todo el equipo sorteando la vigilancia, la dificultad de almacenar un cable metálico de más de 200 kilos y de lanzarlo de una torre a otra, anclarlo y asegurarlo con garantía de éxito para el funámbulo, etc. Muchos fueron quienes ayudaron al artista del alambre, aunque no faltaron los problemas y en varias ocasiones pareció que el proyecto iba a fracasar.

Ahorraremos los detalles de los que la película está llena porque son ellos, precisamente los detalles, los que constituyen la trama narrativa real que contempla el espectador. La minuciosidad del funámbulo se corresponde con el cuidado del director en mostrar al espectador cómo se construye el ejercicio de suspensión en el vacío que a esas alturas, en la distancia, impiden al público percibir con sus propios ojos la totalidad de lo que está contemplando realmente: el cable, a cuatrocientos metros, se hace invisible y Petit parece volar entre torres gigantescas.

Lo demás es historia y literatura. Qué mueve a un hombre a hacer algo así es cosa que ni él mismo puede comunicar a los demás, haciéndolo comprensible, como el arquero es incapaz de explicar cómo hace blanco. Metáforas y frases más o menos ocurrentes difícilmente pueden transmitir la experiencia. Tal vez la prueba esté en sus propios libros, los que desde 1975 ha ido escribiendo (Two towers, I walk, On The High Wire, Traité du funambulisme, To Reach The Clouds: My High Wire Walk Between The Twin Towers, Man on wire), en el afán de explicar sus éxitos en las alturas. Ni Paul Auster, el famoso escritor amigo de Petit, ni nadie, pueden dar cuenta cabal de un empeño semejante: la disciplina de una pasión en apariencia inútil y efímera que parece imposible. En resumen: no se pierdan Man on Wire porque asistirán a uno de los films más apasionantes de la temporada.

Análisis realizado por J.F. Sebastian para Cinefilo.es
Editado por Jacobo Martínez

Nota: Esto de los Oscar al mejor documental largo es algo a tener en cuenta en España. Si consideramos que estos premios se conceden desde los años cuarenta, ¿calculan ustedes cuantos buenos documentales nos hemos perdido, entre títulos premiados y nominados? Eclipsados por los grandes títulos del cine y ocultos al espectador de sala por una distribución a menudo miope, que no acierta en lo que puede interesar realmente, no ha sido hasta estos últimos años que hemos podido disfrutar de ciertos productos en ocasiones muy interesantes. Esperemos que el éxito de Man on wire sirva de estímulo.

Gracias a Vertigo films por acercarnos el buen cine al cine.

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