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La princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki

Daniel Oliver

Dom, 29 Agosto 2010

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Absoluta e indiscutible obra maestra del séptimo arte, La princesa Mononoke supone la ascensión definitiva al olimpo de los dioses para Hayao Miyazaki como director, así como un antes y un después a la hora de concebir el cine de animación en un épico drama de proporciones casi bíblicas sobre el hombre y su relación con la naturaleza.

Cuando se quiere hablar de Hayao Miyazaki en España ante el gran público siempre se menciona en primer lugar El viaje de Chihiro, después la película que nos ocupa y, si hay suerte, puede que también Mi vecino Totoro suene de oídas. Pero ni la primera ni la tercera consiguen ser tan extraordinariamente redondas, profundas, épicas y espectaculares como La princesa Mononoke.

Para empezar, nos encontramos con la primera película del director que deja totalmente de lado cualquier infantilismo latente, algo que ha estado presente en todos sus trabajos (exceptuando quizá Nausicaä del Valle del viento, si bien la infantilización respecto a su Manga original era más que evidente), y se centra en un profundo drama tremendamente intenso y violento. Estrenada en Japón en 1997 y la primera del director en llegar a los cines españoles en el año 2000, es hoy por hoy una de las más grandes obras de culto del cine de animación y reverenciada tanto por crítica como público debido a sus únicas y excepcionales cualidades audiovisuales y de contenido, amén de uno de los éxitos de taquilla más increíbles de la historia del país nipón, superando incluso a Titanic.

Ambientada en el Japón feudal de varios siglos atrás, y contándonos la historia de un hombre maldecido por los dioses, Ashitaka, a través de los ojos de un espíritu inocente como el suyo somos testigos del feroz y cruel enfrentamiento entre las bestias de la naturaleza y el hombre en los albores de la revolución industrial. La primera está representada por el bosque como entidad única en sí y los seres y semidioses que habitan en él, todos ellos tan extraviados y furiosos como sus homólogos humanos donde, sin embargo, no existen las deidades. Al contrario: salvo pequeños brotes de honor, humildad y autocrítica, ningún bando está dispuesto a ceder en lo que es una guerra a muerte por el beneficio propio.

El sentido del espectáculo de La princesa Mononoke es francamente dinamista, efectista y certero hasta la extenuación. Con un ritmo narrativo tenso y comedido, y en ningún momento pesado o redundante, es la película con más acción de la filmografía del director con mucha diferencia. La violencia expuesta está plenamente justificada y, precisamente, actúa como catalizador de nuestra atención para entender y comprender las acciones de los personajes, en una trama que se va desplegando ante nosotros poco a poco de forma fascinante y que no podemos llegar a entender plenamente (al menos hasta su desenlace), pero que no por ello deja de impresionarnos. Y es que en La princesa Mononoke se debe conocer parte del concepto del sintoismo para llegar a entrar en el mundo de los dioses animales y en el eje de todo el meollo: el espíritu del bosque, una entidad que no se nos presenta como un personaje como tal (aunque sí se manifieste físicamente), sino como un ente divino que está por encima del bien y del mal (y que puede causar tanto una cosa como otra) siendo la razón de todo lo que ocurre en el film a modo de epicentro de las luchas de todos en una clara crítica al fanatismo religioso (y también al ateismo).

Son muchos, variados y profundos los temas tratados en La princesa Mononoke, temas que ya han sido tratados por Miyazaki-san en anteriores y posteriores obras, pero nunca de un modo tan profundo, fuerte y conciso en forma y fondo: el conflicto entre el hombre y la naturaleza, la creciente y preocupante industrialización de la sociedad, la pérdida de la ética, el feminismo (donde nos encontramos con uno de los personajes más apasionantes de la filmografía del director: la cruel y fuerte pero piadosa Lady Eboshi), y la búsqueda de la paz mediante la diplomacia y las buenas intenciones, encarnadas en el abnegado Ashitaka y su amor por la princesa lobo San, cuyo personaje simboliza la pérdida de la fe.

No hay nada, absolutamente nada en La princesa Mononoke que no sea glorioso: virtuosismo técnico, narrativo, sonoro (Joe Hisaishi vuelve a estar, como siempre, soberbio), personajes realmente excepcionales (y en este caso, además tremendamiente bien dibujados literal y figuradamente), guión apasionante, dirección habilidosa e inspirada y, sobre todo, repleta de corazón y épica como pocas existen. No existe una película que se parezca a esta, sea mejor o peor, guiándonos por los ambiguos terrenos de la evaluación objetiva o subjetiva. Es totalmente única e inigualable, un precioso tesoro que atesorar y guardar con mucho mimo.

La princesa Mononoke es una auténtica obra de arte que nadie debería dejar de disfrutar en ningún momento y que fascina una y otra vez sin importar cuántas veces se vea. Es realmente la obra de toda una vida plasmada en dos intensas horas donde sus prepotentes aspiraciones filosóficas hipnotizan y realmente remueven muchas emociones por dentro, sin descuidar en ningún momento sentido de la acción y la agilidad narrativa. Por tanto, es de visionado absolutamente obligado.

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La princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki, 10.0 out of 10 based on 3 ratings

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