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El castillo ambulante, de Hayao Miyazaki

Daniel Oliver

Sab, 2 Octubre 2010

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El castillo ambulante es la enésima joya de animación del maestro Hayao Miyazaki quien, tras haber tocado el cielo con sus dos anteriores películas, no decepciona aunque inevitablemente baja el listón, regalándonos igualmente una fábula realmente excepcional.

Basada casi superficialmente en el libro del mismo título de Diana Wynne Jones, El castillo ambulante es un cuento clásico de prodigiosa imaginación que nos cuenta la historia de una joven, Sophie, que aburrida en su timidez y exceso de responsabilidad, se ve hechizada por una malvada bruja y transformada en una anciana, siendo solamente posible salir de semejante panorama pidiendo ayuda a quien precisamente le ha metido en ese embrollo: el brujo Howl, que vive en un extraño castillo que se desplaza a placer por el mundo.

Sin embargo, ese es solamente el punto de partida: El castillo ambulante, como casi todo lo que hace Miyazaki, tiene un trasfondo mucho más grande de lo que parece inicialmente: resulta especialmente interesante a la par que emocionante el sentido único de la aventura, el humor, el drama y, sobre todo, el desarrollo de la preciosa historia de amor entre Sophie y Howl durante todo el film. Además, nos encontramos con un amplio abanico de personajes secundarios realmente surrealistas e interesantes (posiblemente, Cálcifer sea uno de los mejores personajes de toda la filmografía del director nipón), si bien algunos están sumamente desaprovechados (como es el caso de Sullivan, la versión superbruja de la Reina de Inglaterra). El contexto bélico en que se desarrolla el film también es una soberana crítica a las guerras y su sinsentido, pero también hace un importante hincapié en la fortaleza de la familia, el respeto a los ancianos (la propia Sophie se lo dice a sí misma en los inicios de su maldición) y el amor como único elemento posible de redención de las almas. En ese caso, encarnado en el importante drama de Howl.

Sin embargo, uno de los puntos más fuertes de El castillo ambulante reside y mucho en su apartado técnico. Si a la sobrecogedora calidad y detalle de su grafismo, que nos recuerda muchísimo a Nicky la aprendiz de bruja pero mejorado y pulido al extremo, la maravillosa percepción que tiene Miyazaki de la Europa victoriana impacta visualmente al espectador desde el primer al último minuto. Solamente hay que fijarse en el primer vuelo de Howl y Sophie para darse cuenta de que todo está realizado con un mimo que casi asusta. Lo mismo ocurre con la escena de la celebración en el puerto y los miles de confetis de colores pasan por nuestros ojos en un ejercicio de animación tradicional magistral, que sin embargo y como ha venido ocurriendo en las últimas películas del director, coquetean con los efectos informáticos siempre al servicio de la espectacularidad del film, y posiblemente esta sea la película de Miyazaki donde se hace más patente: el propio castillo de Howl, las batallas aereas, el pasillo del palacio de Sullivan, el viaje de Sophie al pasado de Howl (una de las mejores escenas de cualquiera de las películas de Miyazaki, por su emoción y preciosismo a todos los niveles), y un largo etcétera, nos dejan bien claro que pese a dárselas de tradicional, Miyazaki gusta y disfruta de las técnicas de animación moderna, y siempre de forma muy elegante.

Sé que hacer una mención a la música Joe Hisaishi en las películas siempre parecen la misma, pero en este caso hay que decirlo alto, claro, y escribirlo en negrita y subrayado: la banda sonora de El castillo ambulante es tan sumamente espectacular y maravillosa, que puede ser considerada de las mejores en muchos años. Dota a la película, ya de por sí tallada como un diamante, de un alma inconmensurable. El ejemplo más claro lo tenemos en la ya citada escena del pasado de Howl, donde el tema El chico que se bebía las estrellas pone realmente la carne de gallina conforme la partitura avanza.

El desarrollo de la historia y especialmente el de la propia Sophie, otra gran heroína a sumar a la lista de Miyazaki en un ejercicio de coherencia feminista a través de las décadas (¿Hay alguna película de él donde el personaje femenino no sea siempre más importante que cualquiera masculino?) es muy comedido y francamente bien narrado. Pero acaba patinando soberanamente al final, donde toda la historia se termina con una velocidad que ya la quisieran para sí los pilotos de Formula 1. Es ahí, en ese punto, donde toda una historia que parecía coherente deja de serlo del todo y queda una extraña sensación de que los guionistas, enrevesados en la enorme complejidad de la historia y de los múltiples hilos que tenían por cerrar, acabaron saliendo por la vía fácil: salir corriendo y dejar ciertas cosas sin contar. Es tan exagerado y evidente este punto que incluso la canción final de la película está presente mientras los personajes aún están dialogando y cerrando la historia.

En definitiva, no nos encontramos con la mejor película de Hayao Miyazaki por haber bajado su listón en excentricidad (era imposible superar lo de Chihiro y Mononoke), pero que sin embargo no podemos dejar de calificar como un film absolutamente imprescindible para su visionado por parte de cualquier persona que ame la animación y el cine fantástico. Una película deliciosa.

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El castillo ambulante, de Hayao Miyazaki, 10.0 out of 10 based on 5 ratings

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1 Comentario en "El castillo ambulante, de Hayao Miyazaki"

    th3_Crow, Octubre 3, 2010 | Permalink |
  • grande Miyazaki

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