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Cien Clavos, de Ermanno Olmi

Jacobo Martínez

Lun, 22 Junio 2009

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J.F. Sebastian nos ofrece en esta ocasión su punto de vista sobre Cien Clavos, de Ermanno Olmi, en su empeño por descubrir el cine que no se anuncia, aquél que nunca se proyecta en centros comerciales y del que la gente no habla porque ningún medio lo hace.

Crítica Cien Clavos

- “Todos los libros del mundo no valen lo que un café con un amigo…”

Hace bien poco les recomendaba desde estas páginas una película italiana, Vacaciones de ferragosto, de Gianni di Gregorio, diciéndoles que anotaran este nombre y el de Matteo Garrone, el director de Gomorra y mentor del anterior, como representativos de un nuevo cine que dará que hablar por su fuerza narrativa y su excelencia y modernidad formal; un cine gestado en un país de tanta tradición cinematográfica como Italia. Pues bien, hoy vengo a afirmarles algo parecido pero desde su antítesis: también se hace en Italia un cine fósil, ideologizado, repleto de los clisés más tópicos y en apariencia “atrevidos”, y no siempre estas realizaciones llegan de la mano de realizadores noveles deseosos de “hacer méritos”.

Aquí tenemos como muestra Cien Clavos. Según el director, Ermanno Olmi, esta es su última obra de ficción, su testamento filosófico y vital, porque de ahora en adelante se dedicará al cine documental. Ya veremos los resultados, dicho sea con todo el respeto que merece un director de tan larga y productiva andadura como Olmi, autor de El árbol de los zuecos y La leyenda del santo bebedor, entre otras muchas, y León de Oro de La Mostra a toda su trayectoria.

Es sabido que las obras de madurez suelen ser síntesis de toda una vida dedicada al arte, sea este el que sea, y en ellas se aprecia el resumen y la inteligencia del artista en lo suyo. En cine, el lenguaje se depura. Véanse las últimas obras de Antonioni, por ejemplo, y observaremos cómo el realizador dijo todo lo que quería decir con muy poco, los elementos justos y necesarios para contar el motivo del film y sus circunstancias. Por esa razón duele que la despedida del veterano Olmi haya sido precisamente esta.

En Cien Clavos, Ermanno Olmi cuenta la historia de un profesor (il professorino) de la Universidad de Bolonia que, víctima de sus dudas existenciales y religiosas, comete un atentado contra un centenar de incunables conservados en la biblioteca histórica de la Universidad y desaparece, simulando un suicidio, para ocultarse entre los habitantes de un asentamiento ilegal junto al río Po.

El barato simbolismo empleado – los clavos que atraviesan los libros, el aspecto físico del protagonista (el actor Raz Degan) y el nombre que le atribuyen a este los homeless fluviales (“Jesucristo”), el remedo de portal de Belén donde se aloja en plan okupa (las ruinas de una vivienda rural junto al rio), las aguas del rio Po como un Jordán bíblico ahora lleno de suciedad y contaminación, el pez siluro de origen americano que las ocupa dominando sobre las especies autóctonas,… – todo ello es de una inmediatez y un simple que espanta, como si el espectador fuese una especie de imbécil por catequizar a quien debe dársele un mensaje facilón en forma de pancarta y cartón reciclado.

Los personajes de Cien Clavos parecen vivir felices en su vida apartada de toda ambición mundana, sin problemas convivenciales ni de supervivencia, únicamente asediados por los poderes públicos que quieren desalojarlos del lugar para emprender un proyecto de ingeniería fluvial. Son ejemplares humanos que ni sufren ni padecen, ideales en su espontaneidad, dichosos y solidarios, entretenidos con sus fiestas sencillas, en plena naturaleza y en medio de una primavera que parece eterna. Estampitas para una comunidad de base, bucolismo idealizado del que ignoramos la causa y el sustento. Los diálogos del film, tópicos hasta la saciedad, parecen sacados de algún panfleto social-cristiano años sesenta del siglo pasado, pero despojado de toda connotación religiosa o política. La renuncia a cualquier idea de cultura y de progreso humano, la reivindicación de no se sabe qué exactamente, la apostasía de los saberes y la condena de los libros como instrumentos de transmisión del conocimiento, llevan hasta el absurdo la meditada fuga del professorino. Suerte que providencialmente guardará en su escapada una tarjeta de crédito que más tarde, cuando el acoso a los ilegales llegue a la sanción, servirá para pagar unos millones de multa aunque su uso le delate ante las autoridades que lo daban por muerto. El clímax sacrificial.

Estamos ante un relato “de tesis”, con una trama endeble que ni siquiera sirve –no olvidemos que estamos hablando de cine y Cien Clavos debería ser una película – para que la cámara o los actores luzcan algún átomo de originalidad. La narración es tan plana en la forma como en el fondo y la hora y media que dura su proyección se hace larguísima ante la imposibilidad de implicarnos ni remotamente en ella. Raz Degan (el profesor), Luna Bendandi, Amina Syed, Michele Zattara, Damiano Scaini, Franco Andreani, Andrea Lanfredi, Carlo Faroni, Luigi Galvani y Giovanni Ponti, Dios los bendiga, espero que corran mejor suerte a la próxima y eviten un guión y una dirección como la que Ermanno Olmi nos ha propinado. Incluso el propio rio Po, bellísimo en aquellos parajes donde se rodó Cien Clavos, corre el riesgo de salir malparado. Las escenas en que sus aguas ocupan pantalla al completo, tomadas a distintas horas del día y de la noche, con sus cambios de luces, sombras y colores, se hacen reiterativas y casi llegan al abuso de tanto insistir en ellas, como si el espectador no fuese capaz de percatarse por sí mismo del simbolismo del rio que fluye sin cesar, fuente de vida, etc.

Queda claro que Olmi resultaba mucho más diestro dirigiendo guiones basados en la obra de escritores de fuste (Joseph Roth, Dino Buzzati) que lanzando a los cuatro vientos su propio mensaje. Estrenada en España en septiembre del año pasado, Cien Clavos sigue serpenteando en salas de bolsillo para los aficionados que van (con rostros circunspectos, me pareció) a leer el film testamentario de este cineasta. Afortunadamente no puede acusársele de dogmático, así que el espectador no se sentirá herido en su sensibilidad más que en la expectativa frustrada de ver una buena película…

Análisis realizado por J.F. Sebastian para Cinefilo.es
Editado por Jacobo Martínez

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