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El amor al cine clásico invade los Oscar en plena era digital

Rafa Delgado

Lun, 27 Febrero 2012

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Todo salió según lo previsto. Billy Crystal apadrinó una de las mejores galas de los últimos años, y la Academia rindió pleitesía a los homenajes al cine francés y estadounidense antes de la irrupción del sonido que Michel Hazanavicius y Martin Scorsese construyen alrededor de The Artist y La invención de Hugo. Así transcurrieron los Oscar en su octogésimo cuarta edición.

Existían muchas dudas sobre lo que nos deparaba la ceremonia de entrega de la edición número 84 de los Premios de la Academia de Hollywood. Después de la aburrida y mediocre gala presentada el año pasado por Anne Hathaway y James Franco, todas las miradas se posaban en el regreso de Billy Crystal como maestro de ceremonias, uno de los mejores de todos los tiempos con el permiso de Bob Hope.

El actor protagonista de Cuando Harry encontró a Sally volvía a los Oscar por novena vez y ocho años después de su última presentación. Pronto, una vez empezada la gala tras una breve introducción por parte de Morgan Freeman, Crystal se hizo con el público, la audiencia y el mundo entero no sólo con el ya tradicional y ansiado vídeo donde el actor se mete dentro de las películas nominadas, sino también con el monólogo y número musical marca de la casa. It’s a wonderful night for Oscars!, rezaba la canción, y lo cierto es que así acabo siendo.

Y es que por fin, gracias al regreso de Billy Crystal y a la producción de Brian Grazer, una ceremonia de los Oscar gozó de ritmo, fue entretenida y se hizo hasta corta. La entrega de premios parecía incluso precipitada al principio, con La invención de Hugo acaparando los primeros galardones técnicos de la noche: dos seguidos, a la mejor fotografía y dirección artística.

The Artist debutaba poco después ganando el premio al mejor vestuario, mientras que La Dama de Hierro se hacía con el mejor maquillaje y Nader y Simin, una separación cumplía todos los pronósticos ganando el Oscar a la mejor película de habla no inglesa del año.

En cuestión de media hora llegaba la primera estatuilla mediática de la noche, con Christian Bale presentando el Oscar a la mejor actriz de reparto. No hubo margen para la sorpresa y Octavia Spencer se hacía con la victoria gracias a su papel en Criadas y Señoras, una de las películas revelación de 2011 en todo el mundo. La actriz conseguía su primera estatuilla en su primera nominación, y agradecía el premio en el escenario de forma breve y muy emocionada.

La primera de las pocas sorpresas que aguardaba la noche llegó de la mano del Oscar al mejor montaje. Cualquiera de las dos triunfadoras absolutas de esta edición era la favorita para hacerse con el premio, que sin embargo fue a parar a Millennium: Los Hombres que no Amaban a las Mujeres. El film de Martin Scorsese ganaba inmediatamente después los dos galardones al mejor sonido, dejando paso a uno de los momentos cumbre: la hipnótica y maravillosa actuación del Cirque du Soleil retratando la magia del cine clásico y moderno en un espectáculo de acrobacias y celuloide que puso al público en pie, y que reflejó a la perfección el espíritu de estos Oscars tan nostálgicos con el pasado.

El ritmo de la ceremonia continuó de forma frenética con el mejor documental (para Undefeated), la mejor película de animación (para Rango, cumpliendo con las expectativas) y los mejores efectos visuales, Oscar que se llevaba sorprendentemente La invención de Hugo, dejando con un palmo de narices al resto de nominadas, especialmente al equipo de El Origen del Planeta de los Simios, que veía cómo se le escapaba su única opción de hacerse con una estatuilla.

En menos que cantaba un gallo, volvíamos a vivir un auténtico momentazo. Melissa Leo, ganadora del Oscar a la mejor actriz de reparto el año pasado, aparecía en el escenario para presentar el premio al mejor actor de reparto del presente. Y sin sorpresa pero con gran emoción, éramos testigos de un momento histórico del séptimo arte al ganar Christopher Plummer el primer Oscar de su larga carrera, convirtiéndose gracias a su papel en Beginners (Principiantes) y a sus 82 años en la persona de más edad en ganar un premio de la Academia. «Tú y yo tan solo nos llevamos dos años», decía el veterano actor irónicamente y Oscar en mano.

Los premios musicales se entregaron del tirón y sin perder sentido del humor para The Artist (mejor banda sonora original) y Los Muppets (mejor canción original). Llegaba entonces el momento de premiar los mejores libretos del año, saliendo a presentar una muy sexy (pero también demasiado delgada) Angelina Jolie. Los descendientes ganaba su única estatuilla como establecía la hoja de ruta al mejor guión adaptado, mientras que Midnight in Paris sorprendía a casi todos ganando el Oscar al mejor guión original, el cual aceptó la Academia en nombre de Woody Allen, quien todos sabemos que no le gusta acudir a este tipo de eventos.

El reparto en su totalidad de La boda de mi mejor amiga entregaba tras una pequeña pausa los Oscar a los mejores cortometrajes, sin perder en absoluto el ritmo de la gala y siempre provocando las carcajadas del público en los momentos más precisos. De un plumazo y en menos de cinco minutos, la Academia se ventilaba así premios de “poco interés” de la forma más divertida y amena posible, y dejando vía libre para la traca final.

Empezaba así la lluvia de premios para The Artist y uno de los momentos más dulces de la historia del cine francés. Michael Douglas presentaba los nominados al mejor director, Oscar que ganaba Michel Hazanavicius pasando por encima de auténticos gigantes como Martin Scorsese, Woody Allen y Terrence Malick. Unos pocos consejos publicitarios después, Meryl Streep recordaba los premios honoríficos entregados a Oprah Winfrey, James Earl Jones y Dick Smith el pasado mes de noviembre.

La ceremonia ya alcanzaba en esos instantes auténticos momentos de clímax con el vídeo recordatorio de todos los artistas relacionados con el séptimo arte que nos dejaron en el último año. Sin duda, el In Memoriam más elegante y emocionante de los últimos tiempos, no sólo por la gran cantidad de nombres de suma relevancia que nos dejaron, sino también por el modo de hacerlo: infografía austera pero bonita, con un color blanco dominante y una emotiva interpretación del What a Wonferful World.

Pocos instantes después, una preciosa Natalie Portman presentaba los nominados al mejor actor, dedicando unas palabras a los candidatos uno por uno. Y así, un Jean Dujardin entusiasmado se veía recompensado con el Oscar por su interpretación en The Artist, haciendo historia al convertirse en el primer actor francés en la historia en ganar un premio de la Academia.

El clímax de la gala iba in crescendo cuando llegaba la hora del penúltimo premio por repartir, el de la mejor actriz protagonista, y que salía a presentar Colin Firth, quien también dedicó unas palabras a las actrices nominadas una a una, y dedicando especial atención a Meryl Streep, recordando con humor su trabajo juntos en Mamma Mia. Aquél momento hilarante actuó de presagio: En su decimoséptima nominación, y 29 años después, la Dama de Hierro Streep ganaba su tercer Oscar por encarnar a Margaret Thatcher en la gran pantalla, poniendo en pie a todo un auditorio. A pesar de su veteranía, la actriz no pudo evitar emocionarse en su discurso de agradecimiento en el que bromeó sobre sus numerosas y prácticamente consecutivas nominaciones.

En su última intervención como presentador de los Oscar por novena vez, Billy Crystal presentaba entre humor y seriedad a Tom Cruise, quien sería el encargado de presentar el premio más esperado: el de la mejor película del año. No hubo sorpresa ni margen de maniobra para las demás candidatas. Tal y como apuntaban las quinielas, The Artist ganaba el Oscar a la mejor película, coronándose como la gran triunfadora de la noche con cinco estatuillas, empatando en número con La invención de Hugo.

Un reparto de premios que deja una edición de los Premios de la Academia de Hollywood melancólica y rendida a los pies de dos auténticas cartas de amor al celuloide: una del cine francés al norteamericano, y otra del cine norteamericano al francés; maneras de soñar y de ver el cine de principios del siglo XX que marcaron profundamente la historia posterior de un arte y de una industria, algo que no deja de destacar en tiempos convulsos y en plena era de las tres dimensiones y del cine digital.

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